jueves, mayo 11, 2006

LOS NÚMEROS MENGUANTES del Estatut; independientemente de la postura que se tenga ante la iniciativa política, lo cierto es que esa criatura tan lozana hace unos cuantos meses está más que renqueante. Y sí, para ciertas cosas de especial relevancia el porcentaje es importante, como dijo un sabio hace no demasiado:
Salvo en estos últimos 25 años, nuestra historia constitucional es un recetario de fracasos, una gran página de fracasos. ¿Saben por qué? Todos lo sabemos porque todos la conocemos: porque normalmente se hicieron constituciones de partido, se hicieron normas políticas con el 51 por ciento, y las normas políticas con el 51 por ciento para ordenar la convivencia acaban en el fracaso. Esa es la diferencia, que uno puede, con toda legitimidad, gobernar con el 51 por ciento, pero para construir con legitimidad un orden político, una norma institucional básica, me da igual que sea una constitución o un estatuto político —busquemos la denominación que queramos—, no sirve el 51 por ciento. Lo que expreso en esta Cámara es que busquemos el 70, el 80, el cien por cien para una norma política institucional básica [...]
¿Rajoy, Acebes, o Zaplana? ¿Algún otro fachorro despendolao? No: son palabras del mismísimo José Luis Rodríguez Zapatero, el 1 de febrero del año 2005, durante el debate del llamado Plan Ibarretxe en el Congreso de los Diputados (Diario de Sesiones, página 3.135; aviso, archivo pdf).

ACTUALIZACIÓN. Valentí Puig:
EL déficit democrático de Cataluña es, entre otros, la abstención de sectores amplios de la sociedad en aquellas convocatorias electorales en las que se dirimen asuntos autonómicos. A diferencia del tan traído y llevado déficit democrático de la Unión Europea, en el caso catalán su sistema de representación a escala autonómica es algo corpóreo y concreto, pero carece de atractivo para elevados porcentajes del censo electoral. En el próximo referéndum, el porcentaje de abstención será altamente ilustrativo. Esa Cataluña que se abstiene en las elecciones autonómicas luego vota en las generales y también en las municipales. Cuando no vota, el provecho ha sido para CiU y su hegemonía en la «Generalitat»; al votar ha sumado hasta ahora un sustancioso número de escaños al total que obtenga el PSOE en el Congreso de Diputados.

En un panorama sucinto de la abstención de referéndums por parte del electorado catalán tenemos que en el de la Ley para la Reforma Política el porcentaje fue de un 25,90; en el referéndum de la Constitución en 1978 estuvo en un 32 por ciento, fue de un 37,19 en la consulta sobre la OTAN y -como era de esperar- pasó del 59 por ciento en el referéndum del Tratado Constitucional europeo. En 1979, al votar el estatuto de autonomía que recuperaba históricamente tantas cosas según las demandas del nacionalismo histórico, la abstención pasó del 40 por ciento. En comparación, la máxima abstención en elecciones generales ha sido de un 36 por ciento, y la mínima del 19 por ciento. En cambio, en elecciones autonómicas, hubo un 45,1 por ciento de abstención en 1992 y en la banda mínima un 35,7 en 1984.

Actualmente, la mayoría de especulaciones -sobre todo por parte de los aguerridos politólogos de la transversalidad catalanista o socioconvergentes- se hacen en torno al porcentaje del no que pueda dar el escrutinio del referéndum, pero los porcentajes de abstención prosiguen siendo un tabú para la clase política catalana y para el sustancioso entorno mediático -público y privado- que va a machacar a favor de sí, con poco respecto por el no y una dejadez total ante la actitud y motivaciones de quienes no van a ir a votar. Es esa complicidad político-mediática la que ha creado una virtualidad en la que no encajan -según los índices de asbtención- en torno a un 40 por ciento de los contribuyentes catalanes, lo que Tarradellas a su regresó llamó «ciutadans de Catalunya» para evitar la nociva disquisición sobre quienes son o no son catalanes. Para el nacionalismo irredentista, quienes no votan lógicamente no son catalanes, porque para ser catalán hay que demostrar apego identitario y fusión íntima con la nación catalana y sus destinos infinitos.